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miércoles, 14 de noviembre de 2012
HISTORIA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
La Virgen de Guadalupe, Año 1531
Cómo sucedió la aparición de la Virgen en Guadalupe.
Tomado del escrito indio Nican Mopohua del siglo dieciséis (ChurchForum.com)
Un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de
México a asistir a clase de catecismo y a oír la Santa Misa. Al legar
junto al cerro llamado Tepeyac amanecía y escuchó que le llamaban de
arriba del cerro diciendo: "Juanito, Juan Dieguito".
Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo
vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y
atentas le dijo: "Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la
siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los
moradores de esta tierra y a todos los demás amadores míos que me
invoquen y en Mí confíen. Vas donde el Señor Obispo y le manifiestas que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo".
"Ten seguro que te agradeceré bien y te lo pagaré. Vas a merecer que yo
te recompense el trabajo y fatiga con que procuras hacer lo que te
encomiendo".
Él se arrodilló y le dijo: "Señora mía, voy corriendo a cumplir lo que
me has mandado. Yo soy tu humilde siervo". Y se fue de prisa a la ciudad
y en derechura al Palacio del Obispo que era Fray Juan de Zumárraga,
religioso franciscano.
Cuando el obispo oyó lo que le decía el indiecito Juan Diego, no le
creó. Solamente le dijo: "Otro día vendrás y te oiré despacio".
Juan Diego se volvió muy triste porque no había logrado que se realizara
su mensaje. Se fue derecho a la cumbre del cerro y encontró allí a la
Señora del Cielo que le estaba aguardando. Al verla se arrodilló delante
de Ella y le dijo: "Señora, la más pequeña de mis hijas, niña mía,
expuse tu mensaje al Sr. Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto.
Comprendí por la respuesta que me dio que pensó que quizás que es una
invención mía que Tú quieres que te hagan aquí un templo, y que eso no
es una orden tuya. Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de los
principales que le lleve tu mensaje para que le crean, porque yo soy un
pobre hombrecillo, el último de todos. Perdóname que te cause esta gran
pesadumbre. Señora y Dueña Mía".
Ella le respondió: "Oye, hijo mío, el más pequeñito, es preciso que tú
mismo solicites y ayudes a que con tu mediación se cumpla mi voluntad.
Mucho te ruego, hijo mío, y aún te mando, que otra vez vayas mañana a
ver al Sr. Obispo. Dile que yo en persona, la siempre Virgen María,
Madre de Dios, te envía, para hacerle saber mi voluntad: que deben hacer aquí el templo que les pido".
Pero al día siguiente el obispo tampoco le creyó a Juan Diego y le dijo
que era necesaria alguna señal maravillosa para que se pudiera creer que sí era cierto que lo enviaba la misma Señora del Cielo. Y lo despidió.
El lunes Juan Diego no volvió al sitio donde se le aparecía nuestra
Señora, porque su tío Bernardino se puso muy grave y le rogó que fuera a la capital y le llevara un sacerdote para confesarse. Él dio la vuelta
por otro lado del Tepeyac para que no lo detuviera la Señora del Cielo,
y así poder llegar más pronto a la capital. Más Ella le salió al
encuentro en el camino por donde iba y le dijo: "Ten entendido hijo mío,
el más pequeño, que no es tan importante lo que te asusta y aflige. No
se entristezca tu corazón ni te llenes de angustia. ¿Acaso no estoy yo
aquí que soy tu Madre? ¿Acaso no soy tu ayuda y protección? No te aflijas por la enfermedad de tu tío, que en ese momento ha quedado sano.
Sube ahora a la cumbre del cerro y hallarás distintas flores. Córtalas y
tráelas".
Juan Diego subió a la cumbre del cerro y se asombró muchísimo al ver
tantas y exquisitas rosas de castilla, siendo aquel un tiempo de mucho
hielo en el que no aparece rosa alguna por allí, y menos en esos
pedregales. Llenó su poncho o larga ruana blanca con todas aquellas
bellísimas rosas y se presentó a la Señora del Cielo. Ella le dijo:
"Hijo mío, esta es la prueba que llevarás de parte mía al Sr. Obispo. Te
considero mi embajador, muy digno de mi confianza. Ahora te ordeno que sólo delante del Sr. Obispo despliegues tu manta y descubras lo que
llevas. Contarás todo lo que viste y admiraste para que puedas inducir
al prelado, con objeto de que se construya el templo que he pedido".
Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al
llegar a la presencia del obispo le dijo: "Señor, hice lo que me mandaste hacer: Pedí a la Señora del Cielo una señal. Ella aceptó. Me despachó a la cumbre del cerro y me mandó cortar allá unas rosas y me dijo que te las trajera. Así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides, y cumplas su voluntad. Helas aquí".
Desenvolvió luego su blanca manta, y así que se esparcieron por el suelo
todas las diferentes rosas de castilla, se dibujó en ella y apareció de
repente la preciosa imagen de la Virgen María, Madre de Dios, tal cual
se venera hoy en el templo de Guadalupe en Tepeyac. Luego que la vieron, el Sr. Obispo y todos los que allí estaban se arrodillaron llenos de
admiración. El prelado desató del cuello de Juan Diego la manta en que
se dibujó y apareció la Señora del Cielo y la llevó con gran devoción al
altar de su capilla. Con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón por no
haber aceptado antes el mandato de la Señora del Cielo.
La ciudad entera se conmovió y venían a ver y admirar la devota imagen y a hacerle oración y le pusieron por nombre la Virgen de Guadalupe, según el deseo de Nuestra Señora. Juan Diego pidió permiso para ir a ver a su tío Bernardino que estaba muy grave. El Sr. Obispo le envió un grupo de personas para acompañarlo. Al llegar vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía. Y supieron que había quedado
instantáneamente curado en el momento en que la Sma. Virgen dijo a Juan Diego: "No te aflijas por la enfermedad de tu tío, que en este momento ha quedado sano".
El señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada
Señora del Cielo. La ciudad entera desfilaba a admirar y venerar la
Sagrada Imagen, maravillados todos de que hubiera aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen
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